La Casa Deshabitada


 La casa estaba trepada al tope de una cuesta.  Aunque el anuncio prometía: “muchos cuartos, salas grandes, balcones y un patio gigante,” era enorme; mucho más de lo que me había imaginado.  Consideré alejarme, no fuera a ser que me enamorara y no pudiera pagar la renta, pero ya estaba allí.  No perdía nada con verla.

            Subí la cuesta y noté que la puerta estaba abierta.  “Buenas tardes,” llamé, mientras tocaba el marco.  Nadie contestó, así que decidí entrar.  Inmediatamente viré a sacudir mis zapatos en la alfombra.  En algún lugar de mi mente escuché la voz de mi madre que me reprochaba por ensuciarle el piso.  Caminando de puntitas para hacer el menor contacto posible con aquel piso blanco inmaculado, encontré unas escaleras de caracol que descendían hacia otro nivel de la casa.

Llegué a un sótano muy oscuro donde resaltaba un fuerte olor a barniz.  Caminé hacia delante por un pasillo largo y sombrío con muchas otras escaleras de madera que ascendían en espiral hacia la claridad que se podía apreciar arriba.  Al final del pasillo, se veía la luz de un televisor.  Me acerqué.  En un pequeño cuarto con paredes de madera oscura y todas las luces apagadas, había un señor acostado en una cama.  Su cuerpo, ya consumido por el pasar del tiempo, era apenas un conjunto de huesos cubiertos por una fina capa de piel.  En su rostro no se reflejaba ningún semblante de vida.  Sentí miedo y repugnancia.  Pensé que estaba muerto, pero de repente el viejito giró su cabeza y me miró a los ojos.

“¿Qué haces aquí?” le pregunté.  “Pensé que la casa estaba deshabitada.”

“Yo no estoy en la casa.  La casa es allá arriba.  Yo estoy aquí, esperando,” me dijo.

“¿Y por quién esperas?”

“Por la muerte,” respondió.

No supe que decirle.  Me pareció casi un insulto invadir su oscuridad con mi juventud y pensé en marcharme.  Me sentía incómoda.  ¿Cómo podría yo comprender por lo que estaba pasando?  A mí me faltaba aún mucho para sentarme a esperar.  Estuve a punto de despedirme cuando me percaté que el señor no podía atenderse solo.  Estaba postrado en la cama, muy débil para moverse, y la única luz que había en el lugar eran los incesantes parpadeos del televisor gigante que adornaba su recámara.

“¿Y con quién vive aquí?” le pregunté.  Estaba ansiosa por que llegara alguien para no dejar solo al pobre viejito.

“Con nadie.  Ya te dije que la casa está vacía.  Yo realmente no estoy aquí.   Soy insignificante.  Te puedes marchar tranquila que llevo mucho tiempo aquí y nunca ha venido nadie.”

“¿Ha estado todo este tiempo esperando la muerte?” pregunté sorprendida.

“Sí.”

“¿Y quién le dijo que vendría?”

“La muerte siempre viene señorita.  Es lo único garantizado en esta vida.”

“Sí,” le dije, “pero yo podría comenzar a esperar desde hoy y así estar mucho tiempo esperando, o podría comenzar dentro de varios años y acortar el tiempo de espera, o mejor aún podría no esperar nunca y dejar que la muerte me sorprenda.”

El señor frunció el ceño y miró hacia el piso como considerando mis ideas.  Fueron los momentos más largos que recuerdo.  Cuando finalmente levantó la mirada, sus ojos parecían haberse llenado de vida, pero noté que en realidad eran lágrimas acumuladas que brillaban con la luz del televisor.

“Creo que prefiero esperar aquí tranquilo.  No me gustaría que la muerte me tome por sorpresa.”

“Entonces, ¿lo dejo sólo?  ¿No le gustaría subir y tomarse un cafecito con migo?” sugerí.   Estaba determinada a hacerle compañía aunque fuera por unos minutos.

El señor despegó los ojos del televisor por un momento y me ojeó de arriba abajo.  No me molestó; cualquier cosa por sacarlo de la cama.

“Ande,” le dije, “cómo usted mismo dijo, nunca había venido nadie.”

Esto resultó, por que se levantó de la cama con una agilidad impresionante, y en un abrir y cerrar de ojos, se había puesto las chinelas y tenía el bastón en mano.  Lo ayudé por el pasillo hasta la escalera más cercana.  Si se había levantado tan fácilmente de la cama, quizás no tendría problema para subir.  Efectivamente, el señor que en un principio parecía estar al borde la muerte, trepó los escalones sin necesidad de ayuda.  La luz iluminó su rostro.  Ya no se marcaban tanto las arrugas exageradas por la oscuridad. Con cada escalón sus piernas se fortalecían dejando atrás los palillos que habían estado acostados en la cama.

Al llegar arriba el señor me miró nuevamente.

“La luz te hace maravillas,” me dijo sonriendo.

No pude evitar sonreírle.  Después de todo, la luz le había hecho maravillas a él.  De repente, se le viraron los ojos y como si hubiera perdido el balance, cayó abrazado a mi cuerpo.  Me miraba sorprendido mientras se agarraba el pecho con la mano, haciendo gestos de dolor.

“¿Sabes?” me dijo riéndose, mientras su cuerpo se torcía hacia el piso.  “Jamás pensé que serías tan hermosa.  ¡Qué irónico!  ¿No?  Después de tanto esperarte, siempre lograste tomarme por sorpresa.”

FIN

 © 2013 Maricel Jimenez, All rights reserved.

For the English version go to:  https://mariceljimenez.wordpress.com/2013/10/30/the-uninhabited-house-translation-from-spanish-la-casa-deshabitada/

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